Vayamos a crear. Vamos a crear una historia. Pensemos en palabras, muchas y muchas palabras. Ahora imaginemos imágenes. De nuestro alrededor, paisajes, caras, del mundo. Sintamos. Busquemos aquellos sentimientos que nos persiguen últimamente. Tristeza, positivismo, decepción, felicidad, amor. Lo que sea. Juntémoslos y creemos. Veo una mujer. Morena de piel. No muy mayor. Va paseando por un largo camino rodeada de enormes árboles. No es un paisaje mediterráneo. Su cara no muestra alegría. Más bien todo lo contrario. Ella camina y camina, día y noche. Pero no llega a ningún lugar. Hasta que un día se encuentra con una ardilla. Si, con una ardilla. La ardilla se para en frente de ella y se queda mirando a la pobre mujer. Al cabo de un rato la mujer, ignorando a la ardilla, sigue andando. Pero al darse la vuelta se da cuenta de que la ardilla sigue su mismo camino.
-No quiero que me sigas- le grita la mujer al pobre animalito.
La mujer se da cuenta de lo que esta haciendo. Está en medio de un bosque hablando con una ardilla.
-ya estoy perdiendo la cabeza- se dice en voz alta.
Pero sigue con su camino y la ardilla con ella. La mujer decide no decirle nada e ignorarla mientras anda y anda sin destino.
Con el paso del tiempo a la mujer ya le quedan pocos días de vida y su relación con la ardilla no es mucho mas que al principio.
- me has estado acompañando durante todo el camino, y yo he sido tan estúpida de ignorarte en vez de aprovechar que tenía compañía-
Y aquí acaba esta historia. Y en un principio diremos que no tiene sentido alguno. Eso es que no hemos entendido nada. Pero al ser tan corta no nos va a costar leerla de nuevo. Hagámoslo para encontrarle sentido a tal historia. Y aunque no sea un sentido universal, que cada uno encuentre el más adecuado para su vida y saque sus propias conclusiones de una historia tan simple como la de la ardilla y la de la mujer.